Llevo tiempo reflexionando, ahora que hace mucho que dejé de mentir a la gente a la que más quiero, sobre la mentira. O más bien sobre la necesidad o no de la misma.
Veréis: en este tercer intento de tener hijos (y lo digo en plural porque puede llegar más de uno) me encuentro otra vez en la encrucijada.
Decidí esta vez, para no sentir la presión exterior, presión involuntaria traída por el cariño, lo sé, pero presión al fin, decir la verdad del punto en el que estoy a pocas personas. Apenas Padre, Madre, Chilenita Hermosa, y cuatro amigas saben. Siete personas. Ni siquiera Hermano tiene ni idea, porque no me quiero arriesgar a que se le escape con su mujer, y luego se le escape a Cuñááááá.
Ásí las cosas, la versión oficial para el resto del mundo es que estoy en un periodo de descanso hasta primeros de 2.011, en que saltaré de nuevo al ruedo.
También sé que si logro quedarme los amigos no se van a molestar porque lo haya ocultado.
Pero igual me incomoda mentir. Mentir descaradamente a gente a la que quiero y que se interesa por lo que me pasa. Me incomoda y me apena a partes iguales, aunque creo que es bueno para mí porque estoy más tranquila y doy muchas menos explicaciones.
¿Os parezco una bruja? A ratos me siento así con este tema.